9:00 | Author: AMCYL

Seguro que alguna vez has visto a esos señores que ponen su caja de cartón en la calle y empiezan a mover unos vasos que ocultan una bolita para que adivinemos dónde quedó.

Siempre quieren que apostemos y solamente ganan ellos.

En este video, podemos ver una variación del tema, bastante más fina que la de la caja de cartón y con un final algo inesperado. A ver si adivinan dónde quedó la dichosa bolita:



CHOP CUP from :weareom: on Vimeo.

9:00 | Author: AMCYL
Estuve en el Teatro Carrión a ver el recital de José Feliciano. 

Este cantante lleva actuando muchos años y su voz y su habilidad musical siguen siendo espléndidos. Presentó algunos de sus éxitos más recordados y versiones de canciones de otros grandes cantantes. Por ejemplo, "Sunshine of my love" de Cream, "Billie Jean" de Michael Jackson, "California Dreaming" de The Mamas and the Papas y, por supuesto, "Light my fire" de The Doors. 

Cuando se publicó su versión me sorprendió mucho porque rompía completamente con lo que se escuchaba en aquella época por la radio. The Doors, y su líder Jim Morrison, me encantaban. Tenía el disco pequeño, con la versión corta, de 2:30 y el LP con la versión larga, de 6:00 y los escuchaba constantemente. Me sabía los acordes, me sabía la letra (aunque no la entendía del todo) y de repente, en la radio, un señor con su guitarrita canta la misma canción. Me gustó aún más que la versión original. 

En esta velada, disfruté mucho con sus canciones, con la música que interpretaron él y los músicos que le acompañaban. Recordé canciones que hacía mucho tiempo que no escuchaba y a la gente con quien las oí por primera vez.  

José Feliciano es ciego.  En el escenario, uno de los músicos le guiaba al centro, le cambiaba la guitarra y al final le ponía en la dirección correcta para que agradeciera los aplausos.  

Durante el concierto habló varias veces de su imposibilidad de ver, a veces en un tono un poco triste, como cuando decía que tenía que defenderse de sus hermanos para que no se pasaran con él y a veces en un tono jocoso, como cuando contaba su respuesta a la camarera que le preguntó "si quería ver el menú" y él le contestó: "me encantaría ver cualquier cosa". 


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Entre la cantidad de mensajes con imágenes que me llegan al día, el otro día me encontré con uno que me gustó mucho. Y no, no llevaba implícita ninguna maldición de esas de "después de ver este power point tienes 15 segundos para rezar un rosario completo y enviar el mensaje a 500 personas. De lo contrario, caerá sobre tí la maldición eterna, te saldrá caspa, te quedarás calvo, la vecina guapa dejará de saludarte y recibirás otros 500 mensajes como éste".

En todo caso, el mensaje me gustó porque traía fotos de objetos y lugares típicos de los años 50 y principios de los 60 y al verlas, recordé cuántos de esos objetos había por casa o por la de algún familiar.

Por ejemplo,

tuve uno de estos aros "hoola hop" pero nunca fui muy bueno con él. Y desde luego, lo de intentar usar varios al mismo tiempo no estaba contemplado en el guión.

Mi madre tenía una de estas máquinas lavadoras. Había que pasar la ropa entre los rodillos y darle a la manivela para exprimirla. Desde luego, mi madre nunca puso esa sonrisa cuando estaba usando la máquina, ni esa, ni la siguiente máquina ni la otra.

Y la nevera, la original porque la siguiente que era más moderna, ya no era así, tenía estas bandejas para hacer cubitos de hielo. Para sacar los cubitos tirabas de la palanca y ya estaba. Mucho mejor que las bandejas de plástico de hoy en día.  Además, mi madre y mi hermana usaban las bandejas para hacer tartas heladas.

Y este aparato se llamaba "View Master". Tenías que meter uno de los disquitos y accionar la palanca lateral para hacerlo girar en el interior. De ese modo podías ver hasta 7 imágenes distintas. Tuve un set completo de fotos de Disneylandia que era el no va más. Casi, casi como estar allí.

Y en casa también había una versión algo más moderna de esta cámara. Llevaba un carrete que tenía una lengüeta de papel que había que insertar en un rodillo, cerrar la cámara y girar el botón para que corriese la película. Las fotos que obtenías eran cuadradas y tenían bordes blancos. 

 

Y claro, se necesitaban de estas cosas para hacer fotos con flash. Eran muy, muy caras y había que planificar cuidadosamente cuántas fotos de interior ibas a hacer; nada de hacer 100 y elegir la mejor, se hacía "la foto" y ya estaba. 

Y solamente en las grandes ocasiones (los bautizos, las bodas) se hacían películas que luego había que ver con la ayuda de este proyector. 

Y este aparato me parecía lo más interesante. Me encantaba poder poner un papel y darle a las teclas para componer las palabras. Claro que hacía mucho ruido y toda la casa se enteraba por dónde andabas.

Y esto era todo un avance. No tenías que quedarte sentado al lado de la radio para escucharla. La radio podía ir contigo, a donde tú quisieras y podías escuchar todo lo que quisieras. Llevaba una antena extensible, larga, larga. 

Y podíamos escuchar los mejores éxitos en uno de estos aparatos. Además, podías poner unos cuantos discos, que iban cayendo. Con este aparato ya no tenía que esperar a que no hubiera nadie en el salón para poder escuchar la música que me gustaba y que, en general, a nadie más de mi familia le gustaba.

En mi primer viaje a Estados Unidos, pasamos varios días en San Antonio, Texas. La calle comercial era como ésta. Pasamos largas horas andando de un  lado al otro de la calle, comprando cosas. En aquella época aún no existían los centros comerciales y todas las tiendas importantes se encontraban en el centro de las ciudades.

Esta tienda, Woolworth era uno de los sitios donde más tiempo pasaba, relativamente cerca de casa. Tenía muchos departamentos  en los que encontrabas de todo. En Estados Unidos se les llamaba "Nickel and Dime store" porque eran muy baratas. En España hace años también las había pero cerraron hace mucho tiempo. En México había muchas pero casi todas han desaparecido. Queda una muy grande en la Avenida Insurgentes. 

Uno de sus principales atractivos era la fuente de sodas donde podías comer hamburguesas y helados fantásticos. Una pena que ya no existan. 


 




9:00 | Author: AMCYL
Una de las ceremonias que más odio cada año es la del cambio de hora, y ¡hay dos! No me gusta nada que, de repente una madrugada "pierdas" una hora y de allí en adelante tengas que levantarte a las 06:00 en vez de las 07:00 hasta que otra madugada, de repente, "ganes" una hora y de allí en adelante tengas que levantarte a las 08:00 en vez de las 07:00.

Hoy domingo me he pasado todo el día calculando si serían las 13:00 (eran las 12:00) o si eran las 21:00 (eran las 20:00). No sé otras personas, pero me cuesta dormir y despertar de forma regular durante varios días hasta que, supongo, mis mecanismos internos se resignan a la nueva realidad horaria.

Y la parte de la ceremonia a la que me refería era el cambiar los relojes que hay en casa. Entre los despertadores, el reloj del estudio, el del baño, el de la cocina, hay unos ocho. A eso hay que agregar los de muñeca, el de bolsillo, el de Mickey Mouse, el del buey (por lo del año chino). El problema es que muchos de esos relojes tienen "truco" y hay que darle al botón de una manera determinada para que te deje cambiar las manecillas del reloj y, claro, nunca me acuerdo de la manera determinada...

Recuerdo un cambio de hora hace años cuando acababa de llegar a España en el que no sabía que había cambio de hora y me había apuntado a una excursión para ir a a ver los molinos del Quijote por la zona de La Mancha. 

Como no me gusta llegar tarde, y menos cuando voy de viaje, llegué a tiempo, excepto que era una hora tarde. No me di cuenta de que era tarde porque el autobús estaba en el punto de encuentro con el conductor, la guía y la mitad de la gente. Cuando estaba ya sentado empecé a escuchar que la gente se daba la razón unos a otros por la "barbaridad" del cambio de hora.

Y ahora, pues nada, a intentar adaptar los mecanismos, recordar cómo se cambia la hora en el reloj que todavía me falta por cambiar y, especialmente, dormir mi "hora de más".


Fotos: Dreamstime


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Estuve a ver "En el oscuro corazón del bosque" de José Luis Alonso de Santos en el teatro  Calderón. 

Se trata de una obra recién estrenada del director de la Compañía Nacional de Teatro Clásico y autor de "Bajarse al Moro" y "La estanquera de Vallecas", entre otras muchas. 

Es un montaje muy cuidado, con una sola escenografía que representa el patio de una casa que está a punto de ser derrumbada para dar paso a una autopista. Hay dos grupos de personajes, uno formado por un gato y una gata que han sido pareja y que siempre han vivido en la casa y a los que visita un par de veces un gato vecino. El otro lo forman dos empleados de una empresa de mudanzas encargados de sacar las cosas que quedan en la casa. 

Los gatos que no van como en "Cats" sino de normales, rememoran la vida que han llevado en la casa, los miembros de la familia que la habitaba y las relaciones que tenían con ellos. Solamente Beatriz Bergamín, que hace de la gata vieja, adopta por momentos posiciones y gestos que recuerdan a los de un gato. Hector Colomé, el gato viejo podría ser el abuelo cascarrabias de la familia por sus gestos y movimientos. 

Hay un empleado de mudanzas que está confundido por la actitud y los rasgos del otro empleado, que en realidad es una chica disfrazada de chico porque va siguiendo al amor de su vida (el empleado de mudanzas) aunque éste no sabe que le va siguiendo, ni que es el amor de la vida de alguien. 

La trama no da para mucho y no me impresionó especialmente; había momentos que podían haber sido algo más graciosos, como cuando el gato viejo le confiesa a la gata que se comió un papel muy importante para los dueños de la casa, o cuando el falso chico le tira los tejos al chico que no sabe qué hacer.

También, los momentos "mágicos" podían haber sido algo más mágicos, como cuando el falso chico se convierte en chica o cuando la gata encuentra el anillo de la señora, y cuando la parejita encuentra ese mismo anillo para sellar su amor eterno.

Creo que la mayor parte del público se sintió igual porque no hubo muchos aplausos ni vítores...

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Todas las mañanas, cuando voy a la oficina, me cruzo con padres de familia que llevan a sus niños al colegio. Algunos literalmente les empujan en los cochecitos, otros les arrastran, llevándolos a toda prisa, otros, los menos, conversan tranquilamente con los niños mientras que van andando hacia la escuela.

Otros más, esperan en las paradas de autobuses a que les recojan los autocares de los colegios privados.


En general, aunque sea a regañadientes, el camino al cole cada mañana para estos niños es bastante tranquilo y no implica demasiadas aventuras. 

Nada que ver con lo que tienen que hacer los niños que aparecen en el video que me han recomendado en youtube.

En este video se ve como unos niños colombianos van al colegio, andando por el arcén de la carretera. Hasta allí, todo normal, muchos niños lo hacen; el problema es que luego llegan a un barranco que solamente se puede cruzar tirándose con una polea por una cuerda.


Ni las poleas (que, parece ser, cada niño lleva consigo) ni la cuerda, de 800 metros de largo, se ven seguras. No hay arneses, solamente unas cuerdas o unos trapos para sujetarse, una horquilla de madera para usar como freno  y, supongo, la intervención divina que proteja a los niños voladores.


Un presentador de televisión que dió con estos niños hizo el reportaje que se ve en el video y también hizo el viaje, quedando bastante asustado de la experiencia. 

Ya me gustaría ver al niño pijo que protesta todas las mañanas, y a su mamá, colgados de la polea... 


Aquí el vídeo:


 

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